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Mumati

El arte de aprender viajando y porque no voy a dejar de hacerlo

mochilera

Mientras que en la tele no dejan de rodar noticias de asesinos que atropellan con camiones, de maltratadores que abusan del otro género, de ladrones que roban carteras y de traficantes que venden hígados y pulmones, yo me regocijo en la otra realidad que los canales de radio y televisión se empeñan en ocultar (o dejar de omitir, que suena mejor): la bondad innata de la raza humana,esa que como especie pensante y sintiente nos pertenece desde que nacemos, esa que abunda donde quiera que vayas y esa que pesa más que cualquier otra que pretendan vendernos. Porque igual que el noticiero del mediodía repite cansinamente día tras día las hazañas de miedo y de injusticia que recorren las calles de las ciudades, en esas mismas calles del mismo Planeta la gente también repite sus sonrisas, sus buenos días y sus buenas noches, sus manos tendidas dispuestas a moverlas para lo que necesites de ellas, su cordialidad al agacharse a recoger el bolígrafo que se te cae mientras vas cargado con las bolsas de la compra, su preocupación de guiarte cuando con el mapa en la mano y los ojos hacia arriba te has perdido en medio de la nada, la gratitud de regalarte un ¡Qué pases un buen día! o un ¡Gracias por venir!

Hoy quiero hablaros de uno de los viajes que hice hace tiempo en una mala época, en la que pocos se atrevian a viajar.

El Mundo está lleno de humanidad, de personas que como tú y como yo hacen oídos sordos a la parte oscura de la raza y se enganchan del brazo de la otra parte que trabaja por construir nuevos caminos donde, te llames como te llames y vengas de donde vengas, podamos ser amigos-vecinos-amantes-hermanos, creando lazos y vínculos que nos atraviesan y nos tatúan los recuerdos para toda la vida.

Los días antes del viaje, me mordía en silencio las uñas de los pensamientos, asustada por los terroristas y los aeropuertos y las grandes ciudades –Ámsterdam- como nicho perfecto de atentados. Era la moda en la tele, todos los medios hablaban de muertes y de asesinos y, a pesar de que no tenemos televisión en casa, es inevitable que los rumores vuelen hasta ti. Me dejé llevar por la ola de la corriente y me olvidé que yo camino por otra senda distinta, paralela a todo eso. Y por esto el viaje, porque si existe medicina que desintoxique la mente de los prejuicios son los viajes por el Mundo.

 

amsterdam

 

Desde el día uno que pisé estas tierras desconocidas, el filtro catalizador de mi intuición me dijo: “¡Vas lista si te creías que por venir a un país nórdico te ibas a dar de frente con gente fría y poco sociable!” Los prejuicios se revelaron contra mí y me cerraron la boca. Me sentí avergonzada conmigo misma por atreverme a pensar gratuitamente. Me pasa muchas veces, más de las que quisiera.

Holanda comenzó tímidamente a quitarse la envoltura y a dejarse ver desnuda a través de sus ventanas. Y de sus ojos. Las historias que me han pasado a lo largo de todo este viaje no caben en un hoja de papel porque son demasiado grandes y voluminosas. Puedo haber visto centros comerciales en forma de U inversa, puedo haber visto molinos de otro siglo, canales infinitos con casas flotando y sus jardines también flotando, bibliotecas de siete pisos guardianas de la ciudad, casas imposibles en forma de cubo, trescientas siete bicicletas de un solo vistazo. Todo esto suena impresionante y no puedo negar que la boca se me ha abierto más de una vez para decir algo y enmudecer de la impresión, pero lo más que me emboba queda lejos del cemento y la madera de las construcciones, es más carnal, más invisible a los ojos y más visible al alma: las gentes. Y de pronto fue eso, qué sé yo, el centrifugado de andar con la gente que me llevó en este viaje a aprender todo lo que aprendí.

El primer aprendizaje del viaje: las gentes.

Vivir en la Montaña alejada del Todo es uno de esos descubrimientos que te devuelven una parte de ti que, durante años, quedó aplastada por el asfalto de las carreteras y los cimientos de los centros comerciales. Arrojarse de cabezas a esta vida es algo más instintivo que un hecho a voluntad, y yo adoro regresar a esos instintos naturales. Lo malo es lo otro, la ausencia de voces y de cuerpos con los que reír o quedar para tomar infusión de saúco acompañado del pastel de manzanas que acabas de hacer.

Este viaje me ha servido para recuperar mi sociabilidad (de por sí poco sociable) y sacarla a pasear cada día por cualquier esquina donde se junta la gente a fumar o a leer revistas. Necesitamos, necesito, esos espejos en los que mirarme, personas con las que identificar mis sueños, mis miedos o mis locuras. Uno no es si no es con otro. La soledad de la Montaña cura, pero también puede ser enfermiza y arrastrar a uno a la muerte de una parte del alma. Aprendí en este viaje que mi espíritu, para ser libre y ligero, necesita compartir más con el Otro, beber más té verde entre palabras, hacer más kilómetros de coche, contar las historias a alguien más que a una pantalla o una página en blanco, gastar saliva hasta cansarme de hablar y abrir el oído (y los abrazos) para escuchar otras historias distintas a las mías. En este viaje he conocido gente maravillosa, amigos que me guardo en la libreta de direcciones de papel para que nunca puedan borrarse y llamarlos cuando quiera, personas de otros idiomas, de otras culturas, de otra raza. Todos ellos distintos entre ellos y yo, todos ellos y yo tan iguales que podemos agotar la risa y el llanto en cuestión de minutos. Necesitaba un poco de este abono para seguir creciendo y el viaje, en su sabiduría, supo dármelo. ¡Gracias!

 

 

mochilera montana

Encaminar los sueños hacia la Escuela Superior de Soñadores.

No basta con soñar y dejar que los sueños naveguen a la deriva. Los sueños están hechos para dejar de serlos, es decir, uno sueña con la intención de convertir ese sueño en realidad, cuando lo soñado ya pasa a la vida real deja de ser un sueño para ser realidad. Entonces el ciclo regresa a su punto de partida y soñamos otra cosa distinta para que un día se haga realidad. Quizás suene un poco enredoso pero al estar escrito puede releerse (reléase en caso necesario).

Pues bien, este viaje ha reducido el caos en el que se hallaban mis sueños. La habitación del cerebro destinada a los sueños la tenía bastante desordenada, un sueño por aquí, otro escrito por allá, aquel sueño de hace años flotando en un pos-it amarillo, el otro de toda la vida colgado de una pinza y un hilo… En fin, la típica habitación de adolescente sin tiempo (ni ganas) para poner orden y limpieza. En estas semanas de viaje conseguí crear ciertas fórmulas para conjugar muchos de esos sueños estancados o borrosos. Lo logré no por estar de viaje en Holanda, lo logré porque viajando llego a mi centro. Desde esa paz centroemocional todo se reordena sin demasiado esfuerzo y el aire corre límpido entre las ventanas abiertas. Claro que si uno es tan soñador como yo, cinco semanas no son suficientes para aclarar dudas o definir todos los caminos de todos los sueños de toda la vida.

El poder de la energía renovada.

Coger trenes, preparar rutas, caminar kilómetros, decidir, pedalear, cargar con la mochila a cuestas, volver a decidir, pensar en otro idioma antes de hablar, mirar el mapa, no despistarse de los horarios, improvisar, perder el miedo, seguir caminando, que empiece a llover, que estés lejos de un techo, que la cámara deje de funcionar, buscar un rato para escribir las dos mil historias por hora . Viajar también cansa, menos si se viaja lento, pero igualmente hay peso sobre las espaladas que agotan a lo largo de las semanas y los meses. Lo curioso de ese cansancio es que es fugaz y no te lo llevas puesto de regreso a casa, ocurre todo lo contrario. Cuando pasas el control de seguridad en el aeropuerto y te mandan a tirar líquidos y no sé cuántas cosas más, también se tira este cansancio, lo dejas en las papeleras del aeropuerto y cruzas la puerta mágica que a veces pita y a veces no (aunque lleves la misma ropa y los mismos collares) y es ahí donde empieza a burbujear la nueva energía que has ganado durante el viaje. Es un comienzo mínimo, la dosis va en aumento y culmina cuando llegas a casa (home sweet home), te das la ducha y te acuestas con tu almohada de siempre. Los días siguientes sientes una euforia que se te derrama por los codos y las pestañas, estás vivo, activo, con ganas de hacer lo que dejaste a medias o de empezar en serio lo que siempre te ha costado tanto. Aterricé y empezamos con el qi-gong, con cuadernos nuevos, con rutinas más sensatas y cercanas a los sueños ya ordenados. Estoy subiendo la Montaña con un buen compromiso hacia mí misma.

 

mochilera

¿Cuál es mi nueva versión?

Sabía que saldría siendo una y regresaría siendo otra. Pero lo que verdaderamente aprendí es que a día de hoy soy demasiado cambiante como para definirme de por vida. Son los matices, los brochazos de las experiencias vividas en mi piel, la letra pequeña, el sol que sale y la noche que brilla. Soy lo que soy sin adjetivos ni verbos. Soy lo que me invento, lo que deseo, incluso lo que odio. Soy esto, soy aquello. Fui esto, fui aquello. Seré esto, seré aquello. Ese es mi nuevo lifestyle.

He cambiado, claro, porque los viajes cicatrizan rápido, porque lo que comí por los ojos me sirvió de alimento para engordar por el alma, porque lo que dejé de comer lo valoro más ahora que estoy de vuelta y saboreo mejor ciertos colores. Viajar es grande y es que….Caminante no hay camino se hace camino al VIAJAR.

 

Si quieres viajar, ¡viaja!

 

<<¿…y quién sabe si al volver del viaje es la Tierra la que ha encogido o nosotros los que hemos crecido?  Quino- >>